✍️ Loreto Correa
📰 Brújula Digital
📅 23 de Julio de 2026
Si el presidente Rodrigo Paz aspira a que Chile y el resto de la vecindad sudamericana tomen en serio su nueva visión soberana y pragmática, debe traducir la tinta en decretos, los lineamientos en embajadores operativos y el discurso en obras.
La reciente presentación de los Lineamientos de política exterior del Estado Plurinacional de Bolivia, encabezada en el Salón de Honor “Tiwanaku” por el presidente Rodrigo Paz Pereira y su canciller, Fernando Aramayo Carrasco, ha sido recibida en Santiago con una mezcla de respetuoso optimismo y profundo escepticismo.
En el papel, el documento promete un giro copernicano: abandonar los alineamientos ideológicos automáticos del pasado para abrazar un pragmatismo geoestratégico orientado al desarrollo. Pero la historia de la diplomacia sudamericana –siempre implacable– recuerda que una cosa es el decálogo solemne de las buenas intenciones y otra, muy distinta, la gestión real en la cancha internacional.
Desde la perspectiva chilena, el texto luce como un traje de gala confeccionado para un cuerpo que hoy prefiere no moverse. A casi nueve meses de haber asumido el poder, el Palacio Quemado sigue sumido en una preocupante parálisis operativa en materia de política exterior. El gobierno de Rodrigo Paz ha demostrado habilidad para construir narrativas pragmáticas y discursos integradores, pero la maquinaria diplomática de la era Paz aún no arranca, atrapada en las urgencias de la convulsa política doméstica y en una inercia que contradice su propia retórica.
El documento ministerial insiste en que Bolivia busca “integrar la región” aprovechando su “potencial bioceánico” y su “vocación articuladora”. Propósitos loables. Sin embargo, para articular el corazón de Sudamérica no basta con redactar folletos institucionales: se requiere ejecución urgente, audaz y sostenida.
Mientras la Cancillería en La Paz habla de “modernización institucional” y “diplomacia económica”, las fronteras comerciales y los proyectos de conectividad siguen esperando decisiones concretas y acuerdos bilaterales que superen los saludos protocolares.
Chile, que comparte una de las fronteras más dinámicas y complejas con Bolivia, observa cómo las grandes intenciones de la administración se diluyen en una falta de gestión en el terreno.
Los acuerdos de la XVIII reunión del Comité compartido de la semana pasada son un avance, pero insuficiente. El canciller Aramayo –con su respetado bagaje técnico en el PNUD– sabe que los mercados internacionales no se guían por declaraciones de principios, sino por previsibilidad y acción efectiva.
El riesgo es evidente: que este flamante decálogo termine convertido en otra pieza de archivo de la burocracia andina, un marco teórico impecable diseñado por un gobierno que aún evita asumir los costos políticos de una verdadera apertura.
La verdadera prueba de fuego para esta renovada política exterior no se juega en los salones diplomáticos, sino en la extensa y permeable frontera común. Allí, la inacción gubernamental se vuelve crítica. El auge transnacional del crimen organizado, el narcotráfico y el incesante contrabando de vehículos robados –los conocidos “autos chutos”– exige respuestas conjuntas e inmediatas, no marcos teóricos abstractos. Para articular el corazón de Sudamérica y atraer inversiones, como promete el texto oficial, se requiere control efectivo del territorio y voluntad política para erradicar las economías ilegales que carcomen la seguridad de ambos países. Eso, hoy, sigue pendiente.
Hay además un flanco que Bolivia no puede seguir ignorando: el conflicto abierto con sus exdiplomáticos. Cuando estas disputas se ventilan sin contención, el daño no se queda en casa; se proyecta hacia afuera y erosiona una tradición diplomática que, durante décadas, fue uno de los activos más respetados del Estado boliviano.
La escena actual –acusaciones cruzadas, descalificaciones públicas, filtraciones– no solo desgasta a los involucrados, sino que tensiona la narrativa de renovación que el Gobierno intenta instalar. Superar este desgaste exige altura de miras y un diálogo franco que devuelva a la diplomacia boliviana la sobriedad que históricamente la distinguió.
Si el presidente Rodrigo Paz aspira a que Chile y el resto de la vecindad sudamericana tomen en serio su nueva visión soberana y pragmática, debe traducir la tinta en decretos, los lineamientos en embajadores operativos y el discurso en obras. De lo contrario, este aplaudido documento no pasará de ser un ejercicio estético: un bello mapa de carreteras para un vehículo que sigue con el motor apagado.




