BOLIVIA Y CHILE: PRIMERO LOS PUENTES, DESPUÉS LAS EMBAJADAS

✍️ Ana María Solares
📰 Brújula Digital
📅 13 de octubre de 2026

Después de casi medio siglo sin relaciones diplomáticas, quizá la pregunta no sea cuándo reanudar las relaciones, sino qué relación queremos haber construido cuando llegue ese momento.

Un presidente chileno llega a Bolivia en visita oficial, algo que no ocurría desde hace décadas. Y llega a un país con el que Chile no tiene embajadas desde hace casi medio siglo. La visita de José Antonio Kast trasciende, por eso, un simple encuentro entre gobiernos. Abre la posibilidad de una agenda bilateral más estable. La cuestión es cómo hacerlo.

El clima es poco habitual. Ambos gobiernos asumieron con pocos meses de diferencia, tienen afinidades regionales e integran el Escudo de las Américas. Sin embargo, no todo ha sido fluido. A días de asumir, Kast lanzó el Plan Escudo Fronterizo, con despliegue militar, zanjas y vallas en el norte. Buena parte de la sociedad boliviana lo leyó como un gesto hostil; el gobierno lo calificó como una decisión soberana. Luego vino el caso de las maderas. Aun así, la relación siguió adelante. Eso dice algo.

Quizá una antigua teoría de las relaciones internacionales ofrezca una respuesta sorprendentemente actual. El funcionalismo, desarrollado por David Mitrany en los años 40, partía de una idea sencilla: la paz no se decreta; se construye gradualmente. Proponía avanzar allí donde existen necesidades concretas e intereses compartidos, antes que intentar resolver las cuestiones políticas más complejas. La cooperación en áreas específicas produce resultados, genera confianza y abre progresivamente nuevos espacios de colaboración.

Esta lógica parece especialmente pertinente para nuestros dos países. La historia no puede ignorarse y, para Bolivia, la cuestión marítima mantiene además rango constitucional. Pero tampoco debería impedir identificar ámbitos en los que ambos pueden obtener beneficios concretos.

El comercio es uno de ellos, aunque conviene moderar las expectativas. El intercambio sigue siendo profundamente asimétrico. Según datos del INE, entre enero y julio de 2026, Bolivia exportó a Chile unos $us 68 millones e importó 447 millones. El déficit bordea los 379 millones. 

En el mismo período, Bolivia registró un superávit comercial global de $us 1.919 millones. El problema, entonces, no es que Bolivia no exporte; es la estructura de esta relación: dos perfiles exportadores distintos, uno diversificado y otro muy concentrado. El resultado es un déficit crónico que se profundiza con los servicios: Bolivia compra a Chile servicios portuarios, de salud, educación y turismo, entre otros.

La modernización del Acuerdo de Complementación Económica N 22 (ACE 22) puede ser importante, pero solo si trasciende lo arancelario. Las preferencias vigentes ya han eliminado prácticamente los aranceles bilaterales. Lo que hoy limita el intercambio son otros aspectos: obstáculos logísticos y regulatorios, normas sanitarias, la falta de controles integrados en frontera y los altos costos de transacción.

Pero limitar la agenda al comercio sería quedarse corto. Existe un espacio mucho más amplio en las relaciones económicas: inversión, complementación productiva, infraestructura, minería, energía, energías renovables, litio y asistencia técnica. Varios de estos temas ya están en las conversaciones bilaterales recientes y podrían convertirse en proyectos de beneficio recíproco y equitativo.

Aquí la cooperación triangular puede ser valiosa. La participación de terceros –organismos internacionales, instituciones financieras o países cooperantes– aportaría capacidades técnicas y financiamiento. Contribuiría, al mismo tiempo, a un acercamiento gradual entre ambos países.

Bolivia necesita prioridades claras. Una es mejorar y diversificar su acceso portuario. Arica es el principal puerto para nuestro comercio exterior y la carga boliviana representa cerca de tres cuartas partes de lo que allí se moviliza, pero los problemas son recurrentes. Mejillones, con terminales especializadas y conexión ferroviaria, merece especial atención como alternativa.

La otra prioridad es la nueva conectividad regional. El Corredor Bioceánico de Capricornio unirá Brasil, Paraguay y Argentina con los puertos del norte chileno, pero hoy no pasa por Bolivia. Mejillones ofrece una posibilidad estratégica para articularnos a él y no quedar al margen de esa ruta hacia Asia.

La seguridad constituye otro campo inevitable de cooperación. Migración irregular, contrabando y crimen organizado transnacional requieren coordinación entre Estados vecinos. Pero existe el riesgo de que esta agenda, hoy prioritaria para Chile, termine subordinando la económica. Una relación definida solo por amenazas difícilmente generará vínculos duraderos. Habrá que avanzar en ambas a la vez.

El reciente conflicto por los cargamentos de madera boliviana retenidos en puertos chilenos muestra, además, cuán vulnerable sigue siendo la relación. Persisten discrepancias sobre la existencia y magnitud de sustancias ilícitas. Parte de la carga fue incinerada en Arica antes de que la fiscalía suspendiera su destrucción. Y los exportadores bolivianos acumulan perjuicios. Estos casos deben resolverse mediante mecanismos técnicos transparentes y expeditos. La solidez de una relación se mide también en cómo administra sus controversias.

Todo ello conduce a la pregunta políticamente más sensible: ¿deben restablecerse ahora las relaciones diplomáticas?

Hay razones atendibles para sostener que su normalización facilitaría el diálogo. Pero creo que deben ser el punto de llegada, no el punto de partida. Una embajada sin contenido sería un gesto. Una embajada que corona una agenda madura sería un logro duradero.

Bolivia y Chile pueden empezar por lo que pueden hacer juntos, siguiendo una lógica funcionalista: avanzar donde hay intereses comunes y resultados posibles. Si esos mecanismos funcionan, la confianza dejará de depender de declaraciones presidenciales y se sustentará en instituciones y logros sostenibles.

Después de casi medio siglo sin relaciones diplomáticas, quizá la pregunta no sea cuándo reanudarlas, sino qué relación queremos haber construido cuando llegue ese momento. 

|OPINIÓN|Bolivia y Chile: primero los puentes, después las embajadas|Ana María Solares| – Brújula Digital