✍️ Erika Brockmann
📰 Brújula Digital
📅 24 de septiembre de 2026
Finalmente, estamos aquí para celebrar la presentación de Tan faltos de aire, obra de Gonzalo Mendieta y Rafael Archondo. Agradezco a los autores y a Editorial Plural por darme la honrosa oportunidad de comentarla y descubrir con ustedes la información reveladora y una mirada renovada y a la vez provocadora sobre el itinerario de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y nuestro país.
En 10 capítulos, más de 700 páginas y fotografías e infografías, la obra nos deja sin aliento por sus revelaciones y la cantidad de información trabajada. Desde su lanzamiento en La Paz ha corrido tinta y se han escuchado distintas voces sobre el conjunto del libro o sobre determinados eventos allí considerados.
El título es singular y controversial. El déficit de oxígeno ha desembocado en agravios, para no mencionar sus efectos en disputas deportivas, en quienes son ajenos a esta parte del mundo. Nuestra historia, en cambio, registra manifestaciones “a todo pulmón” contra el poder imperial de Estados Unidos, recogiendo la metáfora de uno de los múltiples comentarios a la obra.
Estamos frente a una cantera riquísima de información y fuentes valiosas. Destaco la inclusión de documentos desclasificados del Departamento de Estado, debidamente contextualizados, así como las entrevistas ex post a importantes personajes que, con la distancia de los años, atenúan la estridencia del momento y aportan con un balance más equilibrado de los hechos.
El libro tiene, además, un formato híbrido: en él confluyen ensayo histórico, investigación empírica, biografías, temas diplomáticos y perfiles de las personalidades de sus protagonistas. Esto no es casual. Los autores, sin descuidar el rigor de sus fuentes, esquivan la aridez de la forma ortodoxa de contar la historia. Hay sarcasmo intermitente y un sabroso anecdotario, propios de una crónica periodística.
Desde esta perspectiva, Tan faltos de aire constituye un recorrido por la historia de las relaciones entre dos países disímiles y distantes, con énfasis tanto en la dimensión formal como informal de la política y la diplomacia, inmersas en una relación de poder asimétrica indiscutible.
La introducción es clave para comprender el alcance de la obra. No todos los periodos, temas y momentos narrados guardan similar proporción en contenido y extensión. Aun así, la publicación induce a entender, con otra mirada, la compleja relación entre Bolivia y Estados Unidos, así como los contextos global, regional y nacional que la rodean.
La historia comienza en 1848, cuando John Appleton, primer encargado de negocios acreditado por Estados Unidos ante Bolivia, llega al país. Apenas comenzaba a descifrar la sensación física del aire enrarecido en esta periferia del mundo cuando fue testigo del derrocamiento de José Miguel de Velasco por Manuel Isidoro Belzu. Appleton conoció así a uno de los personajes emblemáticos del caudillismo militar que marcó el periodo fundacional de nuestra historia republicana.
Por entonces, a Estados Unidos le interesaba explorar los ríos de la Amazonia y neutralizar la presencia británica, en consonancia con la doctrina Monroe, frente a la creciente vigilancia del régimen monárquico del Brasil. La explotación del caucho era un recurso altamente demandado por las potencias de la época.
Appleton no sería el primero ni el último de los 59 embajadores o encargados de negocios que pasan por esta larga historia. Muchos solo observaron, algunos se convirtieron en actores más o menos directos de las “sempiternas escaramuzas”, amotinamientos e insurrecciones que cambiaban súbita y radicalmente la configuración del poder político en Bolivia.
Coincido con los autores en que este patrón de conflictividad política tiene rasgos endémicos y suele desembocar en narrativas victimistas, maximalismo y sensación de despojo y derrota, que dificultan una transformación constructiva de nuestros conflictos y de nuestra relación con el mundo.
Hasta ahora, la historia de la relación entre Bolivia y Estados Unidos ha estado marcada por dos narrativas dominantes: la del “imperialismo”, entendido como dominación neocolonial e intervención en la vida y destino nacional, y la que presenta a Estados Unidos como impulsor de un desarrollo modernizador, asociado al ideal de progreso, o como una influencia disruptiva y perniciosa sobre nuestra convivencia tradicional.
Gonzalo y Rafael intentan eludir esta simplificación. Aportan información para matizar la mirada dicotómica y maniquea dominante en buena parte de la sociedad boliviana a lo largo del siglo XX, reforzada por la retórica antiimperialista del ciclo de veinte años de gobierno del Movimiento al Socialismo.
La ruptura con Estados Unidos en 2008 fue funcional a la reafirmación y legitimación del MAS como opción política revolucionaria, bajo la égida del Socialismo del Siglo XXI. No es casual que, según mediciones recientes del Barómetro de las Américas, Bolivia se encuentre entre los países con mayor rechazo y menor aprobación hacia Estados Unidos y su liderazgo en América Latina.
Desde esta lectura renovada de la historia, los autores evitan definir a Bolivia simplemente como “colonia yankee”, para sostener la idea de un Estado “subsidiado” o “tutelado” por el poder imperial. Destaco aquí el acierto de la portada: el cóndor andino y el águila, certera a la hora de acechar y doblegar a su presa.
Sin embargo, siento que hay un intento por minimizar el rol imperial de Estados Unidos, lo cual entraña riesgos porque puede inducir a subestimar episodios de intromisión y dominación imposibles de soslayar. Por ejemplo, el libro no presta suficiente atención a las circunstancias que rodearon la puesta en marcha del Plan Cóndor en Bolivia y otros países de la región, episodio imborrable en nuestra historia y memoria colectiva.
Todo ello ocurrió en el contexto de las tensiones de la Guerra Fría, de la presencia de grupos armados de orientación marxista y del ciclo de violencia y represión que atravesó América Latina, que tuvo similar reacción entre la Unión Soviética y países dependientes signatarios del pacto de Varsovia.
La tesis central del libro aparece muy temprano: “Bolivia no fue casi nada para los Estados Unidos, pero éste fue casi todo para Bolivia”. Con ella se relativiza la omnipresencia de la potencia imperial en Bolivia, considerada un país periférico e irrelevante. ¿Con qué argumentos? Uno de ellos se refiere al perfil y trayectoria secundaria de sus representantes y a la percepción de Bolivia como destino diplomático poco atractivo y sin prestigio; otro alude a la flexibilidad de las definiciones del centro político estadounidense respecto a gobiernos bolivianos, interpretada por los autores como un comportamiento concesional y permisivo hacia un país considerado de poco peso en la región.
Los autores sostienen que Estados Unidos fue durante décadas un socio financiero, político y diplomático indispensable para Bolivia. Efectivamente, la historia del siglo XX corrobora esa afirmación. Sin embargo, no ocurre lo mismo en la primera década del siglo XXI. Una prueba de ello es que la virtual ruptura de relaciones diplomáticas a partir de 2008 no produjo sobresaltos ni la necesidad existencial de renovarlas.
Esto puede explicarse por la hegemonía antiimperial del MAS, pero también por el superciclo económico del gas, del agronegocio y la creciente importancia de los mercados de Brasil, Argentina, China y Asia. En medio de la bonanza, el país del norte resultaba prescindible para una Bolivia que había diversificado sus vínculos económicos.
Sea una proposición empíricamente comprobada en determinados momentos o una hipótesis, el planteamiento central merece algunas consideraciones. El reconocimiento diplomático norteamericano a los distintos gobiernos durante el convulso siglo XX funcionó como instrumento político legitimador, incluso cuando entraba en tensión con las propias premisas de la doctrina internacional estadounidense.
Por ejemplo, no les fue fácil reconocer al gobierno golpista de Bautista Saavedra ni a los sucesivos gobiernos militares de orientación socialista de la posguerra del Chaco. Tras dudas y cálculos geopolíticos, los gobiernos de Germán Busch, Gualberto Villarroel y René Barrientos pasaron también por esa prueba legitimadora del país del norte.
“Sed de democracia” es el título del capítulo referido a la accidentada y larga transición democrática, una etapa memorable para quienes vivimos ese tiempo. Resulta especialmente interesante conocer las razones del rechazo norteamericano a los sangrientos gobiernos de facto de Natusch Busch y García Meza, el rol del gobierno de Jimmy Carter en el proceso de recuperación democrática en Bolivia y la región y el entramado de conspiraciones que lo obstaculizaban.
En este punto es reveladora la minuciosa narración de los hechos que rodearon el apoyo estadounidense a la causa marítima boliviana y al cruento golpe de Natusch Busch, rechazado política y diplomáticamente.
Los autores son particularmente detallistas cuando se refieren a los momentos en que Estados Unidos miró con atención a Bolivia: la Guerra del Chaco, la preocupación por el influjo del nacionalsocialismo y las corrientes marxistas y anarcosindicalistas, la urgencia de acceder al estaño boliviano durante la Segunda Guerra Mundial, durante las tensiones de la Guerra Fría, los temores frente a la revolución cubana y la presencia del Che en Bolivia y después del derrumbe del Muro de Berlín, así como el largo tiempo de la lucha contra el narcotráfico, prioridad que hoy por hoy ha mutado hacia la amenaza transnacional del crimen organizado. No fueron temas menores para justificar una presencia activa de ese país en el nuestro.
Por otra parte, de la lectura de Tan faltos de aire aprendemos sobre distintas iniciativas de cooperación para el desarrollo: el Plan Bohan, la Alianza para el Progreso, la PL 480 y, en menor grado, los programas de promoción comercial y combate al narcotráfico, entre ellos la Ley de Preferencias Arancelarias Andinas y Erradicación de la Droga (Atpdea, por su sigla en inglés).
Considero que el libro podría mostrar con mayor claridad el papel del gobierno de Jaime Paz Zamora que inspiró ese programa en las cumbres antidroga y motivó su implementación en el marco de la idea de “Coca por Desarrollo”. El gobierno de Bush reconoció públicamente el papel proactivo de Bolivia en este programa cuyo impacto diversificador resultó prometedor para el país. Esta fue una faceta amable de la relación entre ambos países durante la que, excepcionalmente, se identificaron disonancias entre Washington y la representación diplomática en Bolivia.
El capítulo “De coca cero a DEA cero”, en la parte subtitulada “Carnear al gallo”, relata hechos controvertidos que desembocaron en la denuncia de los narcovínculos, calificada por la dirigencia mirista como “la conjura”. Quizás se trató de uno de los primeros casos extremos de guerra sucia y judicialización de la política en tiempos de democracia. Tuvieron que pasar 35 años para que el exembajador Robert Gelbard, que propició esta acusación, modificara su posición al respecto.
Como militante del MIR y excolaboradora del expresidente Paz Zamora, experimenté la impotencia frente a una acusación no solo injusta sino políticamente demoledora y fui testigo directo de algunos de los hechos allí narrados. Aunque me tentó la licencia de aportar a redondear el relato, por razones de tiempo dejaré algunas precisiones para un momento más propicio.
No tengo duda de que este novedoso libro saciará la curiosidad de lectores con intereses diversos, ya sea para reafirmar ideas preconcebidas o para modificar la comprensión tradicional de un tema imposible de soslayar.
Es una obra importante para iluminar nuestra historia y, particularmente, la relación bilateral con una potencia mundial y todavía poderosa cuando se producen cambios en la geopolítica mundial reconfigurando el mapa de poder político y económico hacia mediados de este siglo XXI.
Mientras tanto, vemos que en estos tiempos de confusión y de guerra el águila vuela cansina mientras presume de un poder ahora debilitado. El cóndor sigue buscando su derrotero. La obra nos invita a voltear la página del lamento boliviano.




